jueves

El miedo de los otros. El Cairo.

La Esfinge y, detrás, la pirámide de Keops.

En junio de 2001 cumplí un sueño que tenía desde hacía muchos años: ver las pirámides de Egipto.
Siempre que he viajado sola, fue seguro después de preguntar a amigos y conocidos si alguien quería compartir el viaje conmigo. Después de escuchar los no puedo, no tengo dinero, no tengo vacaciones, no me interesa el lugar o "si me esperas un año vamos juntos", finalmente decido salir cuándo, a dónde y cómo yo realmente quiero... El Cairo fue una de las excepciones. Cinco días con una conocida de Perú, que para tratarse de un país árabe, mejor mal acompañada que sola (exagero un poco, no estuvo tan mal, hicimos un segundo viaje juntas y ahí sí estuve a punto de convertirme en su asesina...)

Bella, imponente, perfecta.

El Cairo cubrió todas mis aspectativas. La ciudad me encantó, la gente mucho más moderna que en otros países de la región y realmente amables. Asusta un poco ver tantos uniformados en las calles armados hasta los dientes, pero al fin y al cabo es por nuestra seguridad. La Esfinge, los tesoros de Tutankamon en el Museo Egipcio, las pirámides de Giza, con todo quedé encantada. No dejaba de agradecer por poder estar ahí! El punto culminante para mi fue la entrada a la pirámide de Keops, un momento indescriptible, no apto para personas con claustrofobia o problemas físicos (una buena parte hay que recorrerla en cuclillas y el último tramo hacia la tumba de Keops es por escaleras que se asemejan mucho a las pobres, simples escaleras de un pintor de techos). Mi compañera de viaje, ni claustrofóbica ni disminuída, prefirió esperarme afuera... Viajar a Egipto para ver esa gigantesca obra y no querer entrar! No encuentro explicación para ello.

Dentro de la pirámide de Keops: la parte de acceso más difícil, a recorrer agachados. Delante mío caminaban tres señoras musulmanas con vestimenta típica, hasta los pies -las había visto llegar en limusina con su guía- y zapatos de taco aguja! 

El fin del recorrido: la cámara del rey en la pirámide de Keops.

El comienzo: compramos en Múnich los billetes de avión y decidimos buscar un hotelito al llegar al aeropuerto. Conseguimos hotel y guía en español para los próximos días. Nuestro guía venía con auto y conductor -que no hablaba ninguna lengua extranjera- y estuvimos con ellos cada mañana hasta apenas entrada la tarde. El resto del día solas pero sin problemas para movernos por la ciudad. Hasta nos atrevimos a viajar en metro y, para nuestra sorpresa, comprobar que la parte reservada solo para mujeres no lo es tanto. Otra sorpresa, dada la cultura y tradición egipcia, es ver por la noches bien tarde jovencitas paseando solas -de a dos o en pequeños grupos- o con amigos. Habiendo visto en Marruecos, por ejemplo, a las chicas siempre acompañadas de la madre de una de ellas, lo de El Cairo me parecía un buen paso a la modernización -liberación femenina es demasiado decir-.

La Ciudadela.


La enferma, yo, de insolación. Al pedirle a mi compañera de cuarto que bajara pidiendo hielo para el dolor de cabeza, le dijeron que volviera a la habitación y que en pocos minutos lo subirían. Y nos trajeron el hielo en un precioso cubo para champagne y una servilleta de hilo!

El final: el lunes un poco antes de las 6 de la mañana salía nuestro avión de vuelta, a las 3 nos pasaba a buscar el conductor del auto de los días anteriores pero sin nuestro guía. Las dos estábamos un poco incómodas con la situación, debían recogernos a esa hora de la mañana en un país que nos era extraño, una cultura que no compartíamos y subirnos al auto de un hombre con el no podíamos intercambiar más que un par de palabras. Además en ese momento en la recepción del hotel, ya nos habían avisado, no habría nadie. Pero tampoco teníamos otra opción.
Durmiendo, nos despierta el teléfono a la una de la mañana. Nuestro chofer quería asegurarse de que no nos quedáramos dormidas y nos llamaba para ello dos horas antes! Solo le escuché decir "no sleep, madam". El resto lo adiviné. Dos horas más tarde bajamos puntuales y para acentuar nuestra inseguridad estaban las luces del hotel apagadas, apenas una lamparita que hasta se nos antojó macabra. Él nos ayudó con el equipaje y al entrar al auto, gran sorpresa! Sentados dentro una mujer y dos niños pequeños... Ella dijo en inglés "Disculpe, por favor, pero nunca dejamos a mi marido viajar solo con extranjeros a estas horas de la madrugada, tenemos miedo..."
El viaje hasta el aeropuerto fue de lo más relajado y divertido y nos enseñó a no prejuzgar a la gente que se sacrifica trabajando.

Acá se puede observar el tamaño de cada piedra y, arriba a la derecha, la entrada a la pirámide de Keops.